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Llenos están otra vez los templos de la Ciudad de México. Llena de gente está la hermosa Catedral Metropolitana, monumento el más hermoso de la América, incluidos el Rockefeller Center y el Astrodome de Houston; llena está la recoleta iglesia de San Francisco; llena la seorial Profesa; lleno el adornado recinto de la Santa Vera Cruz.

Cada día hay muchas rogativas. Se reza copia de trisagios y novenarios; se ofician misas cantadas y no; como las azuladas nubes del incienso sube a los cielos un coro plaidero de Magnificats y De Profundis.

Pero no rezaba la gente, no, para impetrar la protección de la corte celestial contra la invasión de los americanos, enemigos de nuestra santa religión. Rezaban todos para pedir el amparo divino contra las desbordadas iniquidades de aquel fiero seor que se llamaba don Valentín Gómez Farías, que otra vez se levantaba contra los ministros del Seor y que otra vez hacía promulgar sacrílegos decretos para arrebatar a la Iglesia sus bienes, horribles leyes que el patán que

fungía como gobernador de la ciudad, aquel tal Juan José Baz, sacaba por decreto a las calles con escarnio y ludibrio para los hombres de Dios.

Caso omiso hicieron de aquel clamor Gómez Farías y los diputados que le eran favorables. Siguieron adelante con sus gestiones para obtener la enajenación de los bienes del clero. Entonces la Catedral cerró sus puertas y los jerarcas dejaron de oficiar las ceremonias del culto.

El Gobierno se indignó: privar a la gente de los oficios religiosos, dijo, equivalía a ejercer inmoral presión sobre el Gobierno. Se dirigieron cartas al cabildo catedralicio y respondieron los canónigos que haber cerrado las puertas del máximo templo mexicano era por el temor que había suscitado el rumor de que estaban por estallar motines por causas de política. Ni motines ni escándalos habría, respondió airado el Gobierno, de modo que se ordenaba a los eclesiásticos que

nuevamente fueran abiertas las puertas de la Catedral.

El día 14 de enero (1847), un seor cura que oficiaba el ceremonial de una inhumación en el cementerio de la Catedral dijo algunas palabras tan fuertes en contra del Gobierno, y particularmente de Gómez Farías, que un grupo de hombres, excitados así, salió a las calles del centro gritando:

Muera el gobierno! Viva la religión!

Hubo rumores en el sentido de que el regimiento Independencia y el batallón Victoria estaban conjurados para hacer estallar una asonada y quitar a Gómez Farías de la vicepresidencia. Se murmuraba acerca del patriotismo de “Gómez Furias”, pues se sabía muy bien que todos los días llegaban cartas angustiosas que Santa Anna enviaba desde San Luis Potosí en solicitud de dinero al vicepresidente, y aunque éste confiscaba bienes del clero, Santa Anna no recibía ni un

Cómo era posible que el Gobierno no pudiera mandar dinero al Ejército defensor, si en las ocasiones anteriores en que Gómez Farías había participado en motines o asonadas de inmediato había contado con grandes sumas para sus movimientos? Surgió una especie que circuló por todos los puntos de la ciudad: el vicepresidente estaba en secreto acuerdo con los americanos, y esa era la razón por la que no mandaba dinero a Santa Anna. Así andábamos los mexicanos

cuando ya el ejército de Taylor estaba bien adentro del territorio nacional: los principales hombres del Gobierno eran sospechosos de traición; no había dinero para el Ejército, y pesaba sobre el país, junto a la amenaza ya cumplida de la invasión, la peor amenaza de la discordia civil.

Cuando él le solicitaba la realización del acto prescrito por las leyes humanas y divinas a fin de perpetuar la especie, ella aducía toda suerte de excusas y pretextos para incumplir esa demanda, no sólo las tradicionales evasivas “Me duele la cabeza”, “Estoy en mis días” o “Me siento muy cansada” , sino otros regates inéditos de su invención: “Hoy se celebra el aniversario luctuoso de doa Josefa Ortiz de Domínguez, y sería impropio faltar en esa forma al decoro de la fecha”, o: “Es día de San Pudente, patrono de la castidad, y desde joven le hice la promesa de no realizar nunca en su fiesta un acto impúdico”.

Así el pobre de don Frustracio veía siempre insatisfechos sus naturales rijos de varón, y si no los aliviaba por sí mismo era sólo porque pensaba que con eso hacía agravio a la Legión Civil, agrupación de la cual era portaestandarte, que prescribía en su reglamento: “Los socios deberán observar a todas horas del día y de la noche una conducta moral irreprochable”.

Sucedió cierta noche, sin embargo, después de largo tiempo de abstención, que don Frustracio se atrevió a pedirle a su consorte el cumplimiento del débito conyugal.

“Otra vez?” preguntó con acrimonia doa Frigidia.

“Pero, mujer repuso el infeliz marido , la última ocasión en que lo hicimos fue cuando nació el habitante número seis billones de la Tierra, y eso fue el 12 de octubre de 1999”.

“Y ya quieres de nuevo? se escandalizó ella .

Eres un erotómano, un enfermo de satiriasis, un maniático sexual!”.

Don Frustracio insistió en su justificada petición, hasta que por fin ella accedió a hacer “eso” así dijo a cambio de la promesa de su esposo de llevarla de compras a Laredo.

Puso, eso sí, una condición: lo harían con la luz apagada, por la devoción que ella le guardaba al arriba citado San Pudente.

Así, a oscuras, se llevó a cabo el inusual suceso.

A la mitad de la acción don Frustracio empezó a oír que su esposa profería ciertos sonidos que daban a entender que estaba disfrutando el trance.

Intentaré poner en letras esos ruidos: “Fzzzz! “Shhhishhh! Izzzzz! “Shhhlurp!”.

Se sorprendió gratamente el esposo al escuchar esas emisiones, y encendió la luz a fin de contemplar a su mujer en el deliquio del arrebato lúbrico.

Lo que vio fue algo bien distinto: doa Frigidia se estaba comiendo una rebanada de sandía; de ahí los ruidos que estaba produciendo.

Ah mundo! Cuán deceptorio eres, y cuántas desilusiones guardas! Por estos días, oscuros días, los mexicanos sentimos pena por nuestro país, tan lastimado por la violencia de unos y por la corrupción de otros.

La imagen de México en el exterior se va oscureciendo cada día más, y eso se traduce en pérdidas económicas muy graves.
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